Conflictos familiares

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Actualmente no es extraño encontrar en las consultas problemas relacionados con padres demasiado permisivos que no fomentan los límites claros y sanos con sus hijos, padres que proyectan en sus hijos sus propias frustraciones y expectativas no realizadas, parejas que utilizan a los niños en sus problemas conyugales, abuelos que desautorizan a los padres de sus nietos, mujeres y maridos extrañamente apegados al nido familiar, usos y abusos de la autoridad, invasión de espacio por miembros periféricos familiares, intromisión indebida en la vida de pareja y un largo etétera.

Los conflictos familiares son múltiples y de diversa índole, pero casi todos obedecen a la falta de unos límites y jerarquías claras, lo cuál ocasiona muchos trastornos sobretodo en las nuevas familias que deben encontrar sus formas de comunicarse, adaptarse a la nueva situación y aprender a vivir y convivir juntos.

Se considera que una familia es sana cuando es un sistema abierto, con vínculos y límites claros con el exterior, que cumple una función de armonía y estabilidad entre las personas que lo forman y en la sociedad en general; que busca el crecimiento personal y familiar y el bienestar de todos sus miembros y que se mantiene con el cambio o la evolución.

La aparición de un problema en la familia, por regla general, amenaza con alterar este equilibrio que tanto cuesta mantener. Hay momentos de crisis en todas las familias que son universales y que corresponden a los cambios de ciclo vital:

  • Salir de la casa familiar: supone la separación de los padres y de otros familiares, la diferenciación de la persona respecto a la familia de origen y la afirmación en el trabajo. Matrimonio, pareja o nueva familia, significan compromisos adicionales y exigen un cambio con respecto a la familia de origen. Si la nueva pareja no hace adecuadamente la separación de la familia de origen, si sigue muy involucrada y comprometida con ella, puede que siga desempeñando en su actual familia el rol que tenía asignado en la de origen. Si uno se mantiene leal a su familia de origen, no puede asumir fácilmente compromisos con su actual familia y surgen así los conflictos de lealtades. A la inversa, cuando uno no se siente amado por su familia de origen, no puede transmitir confianza y sentido de la lealtad a su pareja.
  • Nacimiento de los hijos: si la familia no posee una estructura muy estable, cuando crece, puede experimentar caos, desorganización o incluso entrar en crisis, porque un nuevo miembro supone el reajuste de la pareja para incluir al hijo, y el de la familia extensa para incluir también los roles de abuelos.
  • Adolescencia de los hijos: suele coincidir con problemas de la pareja propios de estos periodos medios de la vida (la crisis de los cuarenta, el comienzo de las preocupaciones por la generación de los abuelos).
  • Emancipación de los hijos: cuando se emancipan los hijos, tiene que haber una renegociación del sistema de pareja, desarrollar una relación con los hijos de adulto a adulto, incluir a la familia política y a los nietos en el sistema, incluso afrontar las enfermedades y muerte de los padres y abuelos.
  • Últimas etapas de la vida: hay que aceptar el cambio de roles generacionales, mantener el funcionamiento de la familia a pesar del declive físico, apoyar a la generación mayor, afrontar la muerte ajena y preparar la propia.

Las crisis son producto de desacuerdo entre las normas explicitas e implícitas que se establecen entre los miembros de la familia. Es por esto que hacer una revisión de éstas analizando la función que cumplen con la evolución normal es una labor que nos puede facilitar la vida familiar y por extensión la personal.

La terapia sistémica puede ser de gran ayuda para apoyar a las familias en el complicado proceso de darse cuenta de la dinámica disfuncional familiar. A través de este proceso se modifica, si es necesario, sus repertorios comportamentales animando a la construcción o reconstrucción de la armonía familiar.