CUSTODIA RESPONSABLE

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Desde el ámbito de la psicología, los estudios realizados con objeto de analizar los pros y los contras de estas dos opciones no son unánimes en sus conclusiones, estando hoy día abierto el debate entre los que defienden la conveniencia de la custodia compartida, frente a los que la critican como solución ideal. Para los defensores

de la custodia compartida, el argumento de base estriba en la garantía de que los hijos sigan disfrutando del contacto con ambos progenitores, tratando así de evitar las interferencias afectivas que la ausencia de relaciones entre ellos puede provocar en el desarrollo emocional y social de los hijos. Naturalmente, estos autores descartan la posibilidad de compartir la custodia en aquellos casos en los que uno de los progenitores presenten, o hayan presentado, conductas delictivas del tipo que fuere, graves trastornos psiquiátricos, abusos de sustancias legales o no y otras

alteraciones psicopatológicas graves o desavenencias constantes entre progenitores. Sería poco recomendable una custodia compartida en los casos en los que los progenitores no se ponen de acuerdo o que el propio debate abre las puertas al litigio, ya que esto supone el origen de más conflictos o el mantenimiento de los existentes. Compartir implica comunicación y más hablando de custodia, compartir custodia supondría un aumento del conflicto en estos casos en los que cualquier intercambio se utiliza para prolongar la relación bien con ideas de reconciliación o con ideas de mantener la relación aunque sea mediante el conflicto, lo que proporcionaría al menor un ambiente más hostil que es poco recomendado desde todos los puntos de vista. Si no compartían responsabilidades antes del divorcio será poco probable que esta situación se de en el postdivorcio. Una alternativa intermedia sería una custodia con un régimen de visitas amplio y flexible, de manera que los límites entra la pareja quedaría marcados ya que uno se ocuparía del cuidado y decisiones cotidianas, y no se perdería el contacto por largas temporadas ninguno de los progenitores.

La solución ideal y universal, como se pretende en algunos debates abiertos, no existe en el terreno de la familia dadas las características tan individuales y cambiantes en este terreno. No sería justo tratar dos cosas diferentes de la misma manera.

Por su parte, los críticos de esta opción legal, alertan acerca de las violaciones de las que, con más frecuencia de lo esperado, es objeto el acuerdo establecido por la orden judicial.

Sobre la base de esta realidad, hay autores que advierten de la disfuncionalidad de la custodia compartida cuando los hijos se convierten en víctimas de las manipulaciones de uno de los padres para hacer daño al otro, hasta el punto de originar diversos síndromes patológicos y patologizantes de gran controversia social (ya que no han sido admitidos por la comunidad científica ni expuestos en ningún manual diagnóstico) que explicaré más adelante (Bajo siglas: SAP, SPM, SIS, SFM).

 

Dada la indeseable ocurrencia de estas circunstancias, y en aras de promover el desarrollo armónico de los más indefensos, se hace imprescindible que los distintos profesionales que intervienen en un proceso de separación o divorcio, sobre todo cuando hay hijos menores, se muestren sensibles a la posibilidad de estas circunstancias por parte de alguno de los padres.

Normalmente se asocia estos síndromes a la figura que ejerce la custodia pero no es siempre así.

De hecho, la alienación no siempre es parental, a veces sucede que el resto de la familia, disfuncional de base, ejerce de forma sutil, (y a veces no tanto) una mala influencia que predispone o intenta predisponer al menor en contra de uno de los padres o de miembros de la otra familia, con la idea egoísta de satisfacer una venganza personal utilizando a un menor, lo que estaría considerado como un abuso y maltrato infantil. En los casos en los que se diera este hecho, debería ser el padre perteneciente a la familia maltratadora el responsable de proteger contra estos abusos a su propio hijo/a, de no ser así evidenciaría que la figura parental en cuestión carece de credenciales que garanticen el ejercicio  de su función de salvaguarda en el desarrollo de su Hijo/a.

En cualquier caso, y por todo lo expuesto hasta ahora y con miras a favorecer un desarrollo infantil sano, pienso que ante una situación de separación o divorcio en donde hayan implicados hijos de corta edad, se hace indispensable que los padres continúen proporcionándoles la seguridad y el afecto incondicional que necesitan, sin utilizar su responsabilidad para acercase a la vida de la expareja o recuperar una vida que se perdió, y cualquier alternativa que sea la del propio cuidado y protección del menor en sí mismo.

Esta recomendación requiere, pues, que se involucren lo menos posible a los hijos en los problemas surgidos entre ambos progenitores, habida cuenta que la ruptura de las relaciones en una pareja debiera afectar sólo y exclusivamente a sus dos miembros básicos. Así como no utilizar a los menores para provocar la creación o el mantenimiento de un lazo de unión tanto positivo como de conflicto con la expareja cuando este lazo se extinguió.

A veces en medio de un proceso de divorcio, las demandas emocionales que viven los padres en general hace que éstos se centren más en la idea de justicia personal más que en la protección de los menores, que a fin de cuentas son los más vulnerables y en los que deberíamos focalizar la atención. No nos equivoquemos ni pintemos la realidad de otro color que el que tiene, el objetivo primordial en estos casos no es proteger nuestros ideales de justicia, sino de proteger al menor. Cualquier alegato que se aparte de la máxima de protección del menor atentaría contra la integridad de éste y quedaría al margen del debate.