Impacto emocional del divorcio

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Aunque la ruptura matrimonial ha alcanzado tasas tan altas que va camino de convertirse en una etapa normativa del ciclo vital de la familia occidental, a la que se verán enfrentadas un porcentaje muy alto de familias, sigue siendo una experiencia especialmente traumática en la mayoría de los casos.

Efectos del divorcio en los adultos:

  • En la fase predivorcio, denominada de divorcio emocional, los cónyuges, o uno de ellos, sienten que sus expectativas no se cumplieron, cayendo en la desilusión, el desafecto, la ansiedad, la alienación, la confusión, el descolque y/o la desesperanza.
  • En la fase del divorcio los separados sienten confusión, furia, tristeza, soledad, se muestran ambivalentes… Tienen muchas tareas por delante para lograr la adaptación a esta nueva situación, entre las que destacan consultar con los abogados, separarse físicamente, considerar los acuerdos económicos y de custodia, transmitirlo a sus familiares y amigos, sentirse con fuerzas para tomar decisiones, quizás buscar trabajo, buscar nuevas amistades, estabilizar un nuevo estilo de vida y una nueva rutina diaria para los hijos, etcétera.
  • En la fase posdivorcio la persona siente que se acepta, recupera la autoestima, la confianza, la independencia y la autonomía. Las tareas de esta fase consisten en completar el divorcio psicológico, encontrar un nuevo objeto amoroso, encontrarse confortable con el nuevo estilo de vida y amigos, ayudar a los niños a aceptar el divorcio y a la continuación de sus roles como padres.

Efecto en los hijos:

  • En los meses que siguen al divorcio, la mayoría de los niños experimentan problemas, especialmente externos (conducta antisocial, agresiva, desobediencia, falta de autorregulación, baja responsabilidad y/o logro) y en menor medida ansiedad, depresión y problemas en las relaciones sociales (dificultades con padres, hermanos, iguales y profesores). El funcionamiento psicológico de la mayoría de los niños y de sus padres mejora con el paso del tiempo, conforme la familia de va adaptando al divorcio. No obstante el nivel medio de adaptación emocional, social y académica de los hijos de divorciados continúa siendo peor que el de los hogares intactos.
  • Los preescolares presentan un alto nivel de ansiedad ante la separación, miedo de que los dos padres los abandonen, regresiones conductuales y una escasa capacidad para entender el divorcio y, consiguientemente, una tendencia a culparse a sí mismos por la separación y a pensar que ellos pueden hacer algo para resolver esa situación.
  • Los niños en edad escolar (6-8 años) suelen presentar un nivel moderado de depresión, se preocupan por la salida del hogar del progenitor y añoran su regreso, perciben el divorcio como un rechazo hacia ellos y temen verse reemplazados.
  • Durante la preadolescencia (9-12 años) la reacción al divorcio se suele manifestar mediante la expresión de sentimientos de cólera y la tendencia a culpar a uno de los progenitores, pudiendo desarrollar también síntomas somáticos. Interpretan la separación dentro de un estricto código de conducta que sus padres rompen con la decisión de separarse. Los adolescentes, aunque se sienten apenados y con un cierto nivel de ansiedad, en general tienen más herramientas que les permiten afrontar mejor el divorcio a pesar de ser una época complicada en general. Además de poseer un mayor desarrollo cognitivo y emocional, tienen la ventaja de poder contar con el apoyo de sus iguales y de otros adultos en ambientes extrafamiliares, lo que puede amortiguar los efectos de la separación y facilitar su ajuste.

Efectos en la relación padres-hijos:

  • Disminuye el tiempo que cada padre comparte con su hijo, lo que modifica el tipo de relación que se establece entre ellos.
  • Se asumen nuevas responsabilidades familiares y de cuidado del niño por parte de cada progenitor.
  • Es necesario aprender nuevas habilidades instrumentales de asertividad en el mundo externo, habilidades parentales que antes cumplía su pareja, habilidades de resolución de problemas y de comunicación.
  • Disminuye, en el padre que no tiene la custodia, la responsabilidad parental y el involucramiento en las rutinas familiares.
  • Aparece estrés emocional e incluso enfermedades físicas del padre que tiene la custodia, debido a la pérdida de los sistemas de apoyo social, además del incremento en sus responsabilidades familiares y de cuidado diario de los hijos.
  • Disminuye la disponibilidad física, la implicación emocional y la supervisión que recibe el hijo de la madre/padre con la custodia.
  • Disminuye, en muchos casos, la economía familiar y estándar de vida. Además, se produce una desorganización del sistema familiar.