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La procrastinación es un problema de autorregulación y de organización del tiempo. Quien pospone o procrastina una decisión por no sentirse preparado -esperando que todo se resuelva por sí solo- suele refugiarse en que lo hará después «…en cuanto tenga tiempo», con lo que está presentando una conducta evasiva que cada vez es más difícil enfrentar.

Su solución consistiría, entre otras cosas, en lograr una adecuada organización del tiempo, concentrándose en realizar las tareas importantes que tienen un plazo de finalización más cercano.

Existen dos tipos de personas postergan acciones: procrastinadores eventuales y procrastinadores crónicos. Los segundos son los que comúnmente denotan trastornos en los comportamientos disfuncionales.

Casi todos procrastinamos en algún que otro momento de nuestras vidas. De alguna manera u otra, todos hemos dejado tareas para “más tarde” aún sabiendo que eran importantes.

Si la procrastinación se convierte en una práctica habitual, terminamos afectando nuestra calidad de vida y los resultados estudiantiles, personales o laborales.

Una investigación desarrollada en el año 2006, demostró como las personas que tendían a procrastinar tenían mayores niveles de estrés y más problemas de salud. Esto puede deberse a que usualmente la expectativa de la situación es más negativa que la vivencia de la situación en sí misma. Mientras estamos procrastinando no solo estamos desplazando la responsabilidad a “otro momento”, sino que estamos cargando con el peso de la culpa en algunos casos.

Si pensamos el costo de la procrastinación es tan alto que no compensa, es disfuncional. Sobre todo si tenemos en cuenta que la procrastinación no solo hace referencia al retraso de las tareas más críticas, sino que puede comprenderse como un fracaso en la organización de las actividades de forma que somos incapaces de jerarquizarlas según su importancia y urgencia.

Obviamente, mientras más lejana en el tiempo se demuestre una fecha de entrega, más seremos propensos a procrastinar. Esto podría estar relacionado con el hecho de que mientras más cerca percibimos una recompensa, más motivado estaremos a terminar una actividad.

Quizás la procrastinación tiene una explicación mucho más sencilla que se basa en los sentimientos de displacer que nos asaltan cuando debemos enfrentar una tarea que no nos resulta agradable. Entonces simplemente damos un paso atrás y optamos por postergar la tarea, quizás con la inocente esperanza de no tener que enfrentarla nunca y con la idea irracional que desaparecerá, aún teniendo la experiencia que cuando no atendemos algún asunto se suele complicar, convirtiéndose en doble trabajo y con mayor presión.

Hay una serie de características que cumplimos cuando procrastinamos:

  • Creencias irracionales: basadas en una pobre autoimagen y autoconcepto de uno mismo que hace verse como incompetentes ante una determinada tarea, o ven el mundo con demasiadas exigencias que no se ven capaces de cumplir.
  • Perfeccionismo y miedo al fracaso: postergar, y justificarlo por falta de tiempo, sirve de excusa para evitar el miedo al fracaso, en tareas donde no hay garantías de éxito. Son personas perfeccionistas y autoexigentes, que se marcan metas poco realistas.
  • Ansiedad: la acumulación de tareas supone un monto acumulativo del nivel de ansiedad. La dificultad para tomar decisiones y la búsqueda de garantías de éxito son bloqueos que influyen en la postergación.
  • Rabia: las exigencias desmesuradas provocan también rabia. Hay personas perfeccionistas que, al no cumplir con las metas que se marcan, se muestran agresivas contra sí mismas. Terminan atrapadas en un círculo de enfado-rebelión que empeora su rendimiento. La culpa aquí nos puede jugar malas pasadas.
  • Culpa: al no hacerlo a tiempo, aún siendo conscientes de su urgencia o prioridad, provocan un sentimiento de culpa que va desde ligero a intenso, éste sentimiento bloquea y nos mantiene inmóviles, haciendo cada minuto más difícil que el anterior.

 

 

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