25 Nov 2014
noviembre 25, 2014

Vivir con un menor discapacitado

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Tener un hijo con una discapacidad tiene unas consecuencias en las familias. La actitud que adoptan los padres con respecto a la incapacidad condicionará la manera en la que se enfrenten y se adapten a las necesidades del pequeño.

Cuando hablamos de discapacitados tenemos que entender muy bien dónde están los límites. Es decir, qué puede y no puede hacer nuestro hijo. Quizá no pueda andar, pero eso no significa que no pueda realizar otras actividades. La discapacidad no funciona de forma holística, como un todo, afecta a una parte más o menos extensa, pero generalizar no sería actuar acorde con la situación. Estar informados sobre los límites de su discapacidad o impedimento va a hacer que sepamos qué podemos esperar y qué no, de una forma realista, con la que motivaremos convenientemente a nuestro pequeño. Si actuamos sin ser conscientes de sus límites corremos el riesgo de esperar menos de lo que puede dar o exigir más de sus posibilidades. En ambos casos no le estamos dando la oportunidad de desarrollarse al máximo. No hay ni que sobreestimar sus posibilidades, ni subestimar su capacidad. Este ajuste no es fácil sin estar informados convenientemente. Aceptar que nuestro hijo es distinto, que tiene necesidades y capacidades distintas y que los demás así lo percibirán nos protegerá de diversas situaciones. Esto no significa que sea mejor ni peor, pero sí con unas necesidades diferentes. La familias no debe hacer que la discapacidad no existe, actuando como si ésta no fuera importante. De esta forma, estaríamos negando una parte real e importante de nuestro hijo. Hacer esto sería inventarse la realidad y vivir en la fantasía, y ellos así lo percibirían y actuarán, negando su propia realidad y generando expectativas irreales.

Cuidado con la sobreprotección

La sobreprotección en estos casos puede tener un doble filo. No olvidemos que las personas con alguna deficiencia o impedimento pueden y quieren tomar sus propias decisiones y deben asumir estas responsabilidades. Con los niños sucede lo mismo. Dependiendo de la etapa madurativa que se encuentren les daremos la confianza suficiente para que así se sientan: responsables y capaces de tomar sus decisiones. Con nuestros pequeños la naturalidad y confianza con la que tratemos el tema será la forma en que ellos vivan la situación de mayores. Déjale intentar todo lo que piense que puede intentar y/o conseguir. Tienen todo el derecho a equivocarse rectificar y conocer sus propios límites.

Un rol para cada uno

En las familias es muy normal centralizar la atención en el niño o niña con la discapacidad y dejar a los otros hijos o miembros de la familia que “no nos necesitan” lejos de estas atenciones. Es cierto que los niños minusválidos tienen necesidades específicas que debemos atender y que esto nos quitará tiempo, pero no hay que olvidar que los demás también necesitan un mínimo de atención al igual que los padres que necesitan su tiempo para la pareja. Por este motivo es muy importante incluir al resto de la familia en la dinámica de ayudar. La familia tiene una función de protección entre sus miembros muy grande, cuando está equilibrada y sus miembros se sienten atendidos, tenidos en cuenta y útiles para el resto. Los hermanos de los niños discapacitados también tienen a nivel emocional necesidades características importantes. Ellos también son miembros de la familia y deben entender la situación. Sentirse aceptados, útiles y parte de la familia sin que recaiga sobre ellos una excesiva responsabilidad, es conseguir este equilibrio esencial. La interrelación conjunta de los miembros de la familia adaptando los trabajos a las posibilidades y capacidades será de gran ayuda para conseguir una armonía y bienestar común. No se debe pedir más de lo que pueden dar, ni hacer sentir culpables por esto a ningún miembro. Cada uno dentro de la familia tiene su rol y su competencia, salirnos de estos límites puede ser contraproducente. La distribución de las atenciones según el rol y la competencia de forma inteligente y sin perjudicar a ningún miembro es posible si se piensa suficientemente. Para ello es importante escuchar las opiniones sin imponer tareas. Importante destacar que el papel que juegan padres y madres es igualitario en la sociedad actual, por lo que la responsabilidad repartida y percibida debe darse a partes iguales.

Ayuda profesional

La ayuda profesional es estos casos suele ser requerida a nivel emocional, aceptar, comprender y comprometerse con su nueva circunstancia son trabajos necesarios, sobre todo al principio de recibir la noticia. Muchas personas no tienen la información suficiente sobre las implicaturas de la nueva situación. Tener esta información tranquiliza mucho y hace que los mundos emocionales sean más estables. Tener una idea del impacto familiar y emocional les ayuda a comprender mejor y manejar la situación. En muchos casos, trabajar la estabilidad emocional desde uno mismo es importante para no tener vaivenes dentro de un ambiente familiar cambiante. Trasmitir en todo momento tranquilidad va a ayudar a la correcta armonía familiar. Grandes explosiones emocionales pueden desequilibrar y provocar incluso culpa en la persona que empeora. A veces se recomienda asistir a reuniones de grupo. Acudir a grupos de padres en estas circunstancias puede ser muy positivo. Compartir y conocer cómo se adaptan familias a la misma situación es muy tranquilizador y reconfortante en la mayoría de los casos. También es importante recibir información acerca de si la organización familiar corresponde y facilita el correcto desarrollo personal de cada miembro.

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